FACTORES QUE INFLUYEN EN EL CONSUMO DE SUSTANCIAS
- hace 3 horas
- 5 Min. de lectura
La adolescencia y la juventud, comprendidas entre los 13 y los 25 años, son etapas especialmente intensas y llenas de cambios. Durante estos años se producen transformaciones físicas, emocionales y sociales que influyen en la forma en que los jóvenes se relacionan consigo mismos y con su entorno. Por eso es importante conocer qué factores pueden aumentar el riesgo de consumo de sustancias.
Diversos estudios señalan que estos factores pueden agruparse en tres grandes bloques:
Factores individuales
Factores familiares
Factores comunitarios
FACTORES INDIVIDUALES
Dentro de los factores individuales encontramos distintos elementos que pueden aumentar la vulnerabilidad:
Rasgos personales:
Impulsividad: investigaciones psicológicas muestran que la impulsividad puede multiplicar entre dos y cuatro veces la probabilidad de consumir cualquier droga.
Rebeldía: también se asocia con un mayor consumo de marihuana.
Dificultades en la regulación emocional. Se busca un método de evasión.
Alexitimia: dificultad para identificar, procesar y expresar las propias emociones y las de los demás.
Experiencias adversas:
Existe evidencia de que los adolescentes que han sufrido maltrato físico o psicológico en el pasado presentan mayor probabilidad de consumo abusivo.
Problemas psiquiátricos:
Algunos estudios realizados en Estados Unidos muestran que los jóvenes con diagnóstico de problemas de conducta presentan mayor riesgo de consumo abusivo de marihuana.
Historial previo de consumo:
La exposición reciente a cigarrillos electrónicos se ha relacionado con un mayor consumo de marihuana.
También se ha demostrado que adolescentes con enfermedades que requieren tratamiento habitual para el dolor pueden presentar mayor riesgo de abuso de opioides.
Actitudes y percepción del individuo:
Desde América Latina, diversos estudios señalan que los adolescentes que perciben las drogas como inofensivas, o incluso como beneficiosas, tienen un mayor riesgo de consumo.
La disponibilidad de sustancias en el entorno cercano también incrementa la probabilidad de consumo.
Un mayor tiempo dedicado a internet, mensajería, videojuegos o consumo de contenido audiovisual se ha relacionado con una mayor frecuencia de consumo de cannabis, ya que promueve la sobreestimulación de los sistemas de satisfacción inmediata.
FACTORES FAMILIARES
Factores biológicos:
Las investigaciones en epigenética sugieren que ciertos factores prenatales pueden influir en la vulnerabilidad futura al consumo. Por ejemplo, el consumo de tabaco y alcohol durante el embarazo se ha asociado con un mayor riesgo de abuso de sustancias en la adolescencia y en etapas posteriores de la vida.
Estilos educativos:
Algunas investigaciones señalan que determinados estilos parentales, como el control psicológico excesivo o la falta de supervisión, pueden influir en el consumo.
También se ha observado que la falta de supervisión parental, el acceso descontrolado a dinero y la presencia de familiares consumidores aumentan el riesgo.
FACTORES COMUNITARIOS
La influencia del grupo de iguales es uno de los factores más relevantes. Cuando los amigos consumen, la probabilidad de que el adolescente también lo haga aumenta significativamente, muchas veces como forma de integración social.
Una mayor disponibilidad de actividades no estructuradas también se ha relacionado con un incremento en la probabilidad de consumo de marihuana.
Si analizamos estos datos, vemos que los factores individuales tienen un papel muy importante en el consumo de sustancias en adolescentes, especialmente los relacionados con la impulsividad, la salud mental (ansiedad, la depresión o el TDAH) y la percepción del riesgo.
Pero no todo depende de lo individual. La influencia del grupo de amigos, la presión social por probar sustancias y una mala integración escolar o expectativas académicas bajas también influyen.
Otro factor clave es la accesibilidad: cuando las sustancias están fácilmente disponibles, el riesgo aumenta.
Por eso, parte del trabajo de los profesionales debe centrarse en enseñar herramientas prácticas para:
Gestionar la impulsividad.
Identificar y comprender las emociones.
Aprender a regularlas de forma saludable.
LA IMPORTANCIA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL
Cuando hablamos de consumo en jóvenes y adolescentes, muchas veces nos centramos solo en la sustancia. Pero en la mayoría de los casos, el consumo es la consecuencia de una mala gestión emocional, no saben manejar: ansiedad, tristeza, frustración, presión social, baja autoestima o sensación de vacío.
Aquí es donde la inteligencia emocional cobra una importancia enorme dentro del tratamiento.
Muchos jóvenes que consumen tienen dificultades para:
Identificar lo que están sintiendo.
Expresar el malestar de forma adecuada.
Tolerar emociones intensas sin recurrir a conductas impulsivas.
Y regular sus estados emocionales.
Si no saben reconocer lo que sienten, no podrán buscar herramientas que les permitan regular esos estados emocionales. Sin embargo, cuando descubren que cada vez que ellos consumen se “anestesian” emocionalmente, es mucho más probable que repitan esa conducta como una forma de solucionar sus problemas, lo que se conoce como “método de evasión”.
Por eso, trabajar la inteligencia emocional en el tratamiento de las adicciones no es un complemento: es una pieza central.
En este contexto, la inteligencia emocional se convierte en una herramienta fundamental.
Según Peter Salovey y John D. Mayer, existen cuatro habilidades fundamentales:
Identificación y expresión emocional: reconocer las emociones propias y ajenas y expresarlas adecuadamente.
Facilitación emocional: utilizar las emociones para mejorar la dinámica del pensamiento y la toma de decisiones.
Comprensión emocional: entender por qué nos sentimos como nos sentimos y cómo cambian nuestras emociones.
Regulación emocional: aprender a manejar nuestras emociones, pudiendo aumentarlas, disminuirlas o transformarlas según la situación.
Cuando un joven aprende a entender lo que siente y dispone de herramientas para regularlo, la necesidad de usar sustancias como vía de escape disminuye. No se trata solo de “dejar de consumir”, sino de aprender nuevas formas de afrontamiento.
En definitiva, la inteligencia emocional no solo previene el consumo, sino que facilita la recuperación y reduce el riesgo de recaídas, porque aborda el origen emocional que muchas veces sostiene la conducta adictiva.

VALIDACIÓN EMOCIONAL SIN PERDER LOS LÍMITES
En el trabajo que realizamos en Teronca, uno de los primeros pasos es validar los estados emocionales de los jóvenes. Escuchar cómo se sienten ayuda a que la intensidad emocional disminuya.
Validar significa mostrar empatía y reconocer lo que están sintiendo. Y algo muy importante: validamos emociones, no conductas disfuncionales. Podemos entender que alguien se sienta enfadado o frustrado, pero eso no implica justificar comportamientos perjudiciales.
A veces, sin darnos cuenta, hacemos lo contrario: minimizamos (“eso no es para tanto”), comparamos (“mira tú primo”) o etiquetamos (“eres un desastre”). Esto suele aumentar el malestar.
Límites claros y coherentes
Validar emociones no significa permitirlo todo. Las emociones se comprenden; las conductas tienen límites.
Por ejemplo:“Entiendo que te esté costando dejarlo, pero en esta casa no se permite consumir”.
Combinar empatía con límites claros y coherentes es la clave para acompañar sin perder la autoridad.
Porque cuando un joven aprende a entender lo que siente, ya no necesita anestesiarlo, sabe gestionarlo para que no le genere un malestar sin necesidad de evadirse.
REFERENCIAS
Dube, S. R., Felitti, V. J., Dong, M., Chapman, D. P., Giles, W. H., & Anda, R. F. (2003). Childhood abuse, neglect, and household dysfunction and the risk of illicit drug use: The adverse childhood experiences study. Pediatrics.
Hughes, K., Bellis, M. A., Hardcastle, K. A., et al. (2017). The effect of multiple adverse childhood experiences on health: A systematic review and meta-analysis. The Lancet Public Health.
King, S. M., Iacono, W. G., & McGue, M. (2004). Childhood externalizing and internalizing psychopathology in the prediction of early substance use. Addiction.
Whitesell, M., Bachand, A., Peel, J., & Brown, M. (2013). Familial, social, and individual factors contributing to risk for adolescent substance use. Journal of Addiction.
Groenewald, C. B., Law, E. F., Fisher, E., Beals-Erickson, S. E., & Palermo, T. M. (2019). Associations between adolescent chronic pain and prescription opioid misuse in adulthood. Pain.
Salovey, P., P., & Mayer, J. D. (1990). Emotional intelligence. Imagination, Cognition and Personality.




Comentarios